Texto original en latín
(Sacrorum Antistitum, 1-IX-1910)

Ego N. firmiter amplector ac recipio omnia et singula, quae ab inerranti Ecclesiae magisterio definita, asserta et declarata sunt, praesertim ea doctrinae capita, quae rectae fidei adversus huius temporis errores directe opponuntur.

Ac primum quidem Deum, rerum omnium principium et finem, naturali rationis lumine per ea quae facta sunt, hoc est, per visibilia creationis opera, tamquam causam per effectus, certo cognosci, adeoque demonstrari etiam posse agnosco.

Secundo, externam revelationem, quae propositis mundo operibus divinis, imprimis miraculis et prophetis, moraliter certis argumentis demonstratur, agnosco; ac Deum, revelationis huius auctorem, esse credendum profiteor.

Insuper firmiter admitto ac amplector signa revelationis divinae, praesertim miracula et prophetias, evangelico narrationi inhaerentia, et existimo ea maxime apta cuiusvis aetatis et hominum ingenii esse, etiam huius temporis.

Tertio, eandem fidem, prout ab Apostolis accepta per orthodoxorum Patrum seriem ad nos usque est transmissa, eodem sensu semper eademque sententia esse retinendam profiteor; quare omnino reicio haereticam commentitiamque doctrinam de evolutione dogmatum, secundum quam dogmata a mente Ecclesiae recepta ac in alium sensum, a doctrinae Ecclesiae sensu diverso, transferri possint.

Quartum, similiter reicio errorem eorum, qui dicunt, in tradendis theologiarum disciplinis historiam dogmatum, utpote quae causas et origines singulorum dogmatum evolvat, unam ac supremam regulam esse, qua fides et magisterium Ecclesiae subicienda sint, vel qui docent, theologicam disciplinam in historia dogmatum resolvendam esse, ita ut theologia dogmatica in historiam dogmatum mere facti redigatur.

Quintum, fidem non esse caecum animi sensum religionis e latebris sub conscientiae impulsu emergentem, sed verum assensum intellectus veritati ab extrinseco per auditionem acceptae profiteor; qua, propter auctoritatem Dei summe veri, ea credimus esse vera, quae ab eo, personaliter ac vere loquente, testante ac revelante, tradita fuerunt.

Me quoque omnino alienum profiteor a sententia eorum, qui aiunt fidem hominis esse tantum genealogiam historiae vel evolutionem consciae hominis vitae; nec admitto systema eorum, qui in negotio revelato ad solam experientiam internam et privatum sensum religiosum recurrunt, repudiatis externis revelationis divinae testimoniis.

Firmiter etiam credo Ecclesiam, verum ac perfectum societatem exsistere, spiritualem quidem, sed visibilem, quae a Christo Domino nostro immediate et directe est instituta, eidemque Christo Domino nostro ac Spiritui Sancto assistentibus, per Apostolos et eorum successores legitimos, in primis Romano Pontifice, capite et pastore omnium, regendam esse.

Profiteor praeterea Ecclesiae a Christo Domino nostro traditam esse verum ac proprium munus docendi, quod quotidie usque ad consummationem saeculorum exercendum est; ideoque dogmata ab eadem eodem sensu eademque sententia semel proposita ita esse retinenda, ut numquam ab iis recedere liceat, sub specie et nomine profundioris intelligentiae.

Simul vero omnino reicio errorem eorum, qui docent, in doctrina tradita, in sacris Traditionibus et in fide catholica mentem humanam paulatim per successiones aetatum substituere se posse alii menti, alienae a mente Ecclesiae; aut qui tradunt depositum fidei, a Christi Ecclesia acceptum, mutari posse per novas inventionis philosophicas aut per opiniones noviter exortas.

Denique fideliter profiteor me nihil umquam doctrinarum a Deo revelatarum aliter intellegere velle, quam prout ab Ecclesia, per magisterium eius solemne ordinariumque, declaratum est et declarabitur.

Omnia haec, singillatim ac simul, sincero corde recipio et eadem fide retinere inconcussa firmiterque promitto atque spondeo, nullo pacto ab eis in doctrina vel in praxi deflectere, sive docendo sive quovis modo loquendo et scribendo.

Hoc ita spondeo, voveo ac iuro, ita me Deus adiuvet et haec sancta Dei Evangelia.

Traducción al español

Juramento antimodernista
(Sacrorum Antistitum, 1-IX-1910)

Yo, N., abrazo y recibo firmemente todas y cada una de las cosas que han sido definidas, afirmadas y declaradas por el magisterio infalible de la Iglesia, especialmente aquellos puntos de doctrina que se oponen directamente, para salvaguarda de la recta fe, a los errores de este tiempo.

Y, en primer lugar, reconozco que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón por medio de las cosas creadas, es decir, por las obras visibles de la creación, como la causa por los efectos; y, por tanto, que también puede demostrarse.

En segundo lugar, reconozco la revelación externa, que se demuestra con argumentos moralmente ciertos por medio de las obras divinas propuestas al mundo, principalmente los milagros y las profecías; y profeso que ha de creerse que Dios es el autor de esta revelación.

Además, admito y abrazo firmemente los signos de la revelación divina, especialmente los milagros y las profecías, inherentes a la narración evangélica, y considero que son sumamente aptos para cualquier época y para la índole de los hombres, también para la de este tiempo.

En tercer lugar, profeso que esta misma fe, tal como fue recibida de los Apóstoles y nos ha sido transmitida hasta nosotros a través de la sucesión de los Padres ortodoxos, ha de ser conservada siempre en el mismo sentido y con la misma doctrina; por lo cual rechazo por completo la doctrina herética y ficticia de la evolución de los dogmas, según la cual los dogmas, una vez aceptados por la mente de la Iglesia, podrían trasladarse a otro sentido, distinto del sentido que la Iglesia da a su doctrina.

En cuarto lugar, rechazo asimismo el error de quienes dicen que, al transmitir las disciplinas teológicas, la historia de los dogmas —en cuanto expone el desarrollo de las causas y orígenes de cada dogma— es la única y suprema norma a la que deben someterse la fe y el magisterio de la Iglesia; o de quienes enseñan que la disciplina teológica ha de resolverse en la historia de los dogmas, de modo que la teología dogmática quede reducida a una mera historia de los dogmas como hecho.

En quinto lugar, profeso que la fe no es un sentimiento ciego del ánimo, un sentido religioso que surge de escondrijos bajo el impulso de la conciencia, sino el verdadero asentimiento del entendimiento a una verdad recibida desde fuera por medio de la audición; por lo cual, a causa de la autoridad de Dios, sumamente veraz, creemos que son verdaderas las cosas que Él, hablando personal y realmente, atestiguando y revelando, nos ha transmitido.

Me declaro también totalmente ajeno a la opinión de quienes afirman que la fe del hombre es solamente una genealogía de la historia o una evolución de la vida consciente del hombre; y no admito el sistema de quienes, en materia de revelación, recurren solo a la experiencia interna y al sentimiento religioso privado, rechazando los testimonios externos de la revelación divina.

Creo firmemente también que la Iglesia existe como verdadera y perfecta sociedad: ciertamente espiritual, pero visible, instituida por Cristo nuestro Señor de manera inmediata y directa, y que debe ser gobernada —con la asistencia del mismo Cristo Señor y del Espíritu Santo— por los Apóstoles y sus legítimos sucesores, ante todo por el Romano Pontífice, cabeza y pastor de todos.

Profesó además que a la Iglesia le ha sido confiada por Cristo nuestro Señor una verdadera y propia misión de enseñar, que debe ejercerse cada día hasta la consumación de los siglos; y, por tanto, que los dogmas, una vez propuestos por ella en el mismo sentido y con la misma sentencia, han de mantenerse de tal modo que nunca sea lícito apartarse de ellos bajo el pretexto y el nombre de una comprensión más profunda.

Al mismo tiempo, rechazo por completo el error de quienes enseñan que, en la doctrina transmitida, en las sagradas Tradiciones y en la fe católica, la mente humana podría poco a poco, con el transcurso de las generaciones, sustituirse por otra mente, ajena a la mente de la Iglesia; o de quienes sostienen que el depósito de la fe, recibido por la Iglesia de Cristo, podría cambiar por nuevas invenciones filosóficas o por opiniones surgidas recientemente.

Por último, profeso fielmente que nunca quiero entender de otro modo las doctrinas reveladas por Dios que como han sido declaradas y serán declaradas por la Iglesia mediante su magisterio solemne y ordinario.

Todas estas cosas, una por una y conjuntamente, las recibo con corazón sincero y prometo y me obligo a conservarlas con la misma fe, firmes e inconmovibles, sin apartarme de ellas en modo alguno ni en la doctrina ni en la práctica, ya sea enseñando o de cualquier modo hablando o escribiendo.

Así lo prometo, lo voto y lo juro: así me ayude Dios y estos santos Evangelios de Dios.

El juramento antimodernista (instituido por san Pío X en 1910 con Sacrorum antistitum) dejó de ser obligatorio el 17 de julio de 1967, cuando la Congregación para la Doctrina de la Fe, con aprobación de Pablo VI, estableció una nueva “fórmula de profesión de fe” para sustituir la fórmula tridentina y el propio juramento antimodernista.

Una reforma más, de las innumerables perpetradas en ese tiempo, para dejar las puertas abiertas al modernismo que tan duramente quisieron combatir verdaderos Papas como S.S. San Pío X.

Juramento antimodernista

San Pío X (1910)