Nuestra Fe

En la Parroquia de Cristo Rey, vivimos la tradición católica con Fe, Esperanza y Caridad.

Somos una parroquia humilde, sin templos propios todavía, pero con el tesoro de la fe tradicional.

Celebramos la Santa Misa en oratorios particulares en estos momentos, como pasó en tiempos de persecuciones y de catacumbas.

Párroco: Rev. P. Enrique J.R. Sanz Bascuñana
Ordenado Presbítero por S.E.R. +Monseñor Fernando García Serrano, en Madrid, a 11 de septiembre del 2022.

Declaración de Principios

Estamos incardinados en la Iglesia Católica Apostólica Nacional para España y Portugal, que no está en comunión con el Vaticano.  Las opiniones expresadas aquí no representan las de la dicha Iglesia ni las de todos sus miembros, son a título personal del responsable de esta Parroquia.

En la Parroquia de Cristo Rey nos mantenemos firmemente adheridos a la doctrina de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.
No somos cismáticos: no estamos en contra de someternos al Romano Pontífice (verdadero Vicario de Cristo) ni a estar en comunión con los miembros de la Iglesia sujetos a él (verdaderos pastores católicos) con pertinancia. Queremos mantener la unidad de la Iglesia y sujetarnos al Romano Pontífice, siguiendo la comunión eclesial con nuestro Patriarca y nuestros obispos.

No asumimos el sedevacantismo ni nos contamos entre los herejes, porque profesamos íntegramente la fe de la Iglesia Católica Romana tal como fue enseñada, vivida y custodiada antes del Concilio Vaticano II.

Somos católicos romanos tradicionales. Creemos en la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, fuera de la cual no hay salvación.

Por ello, rehusamos seguir a esa “Roma” de tendencias neomodernistas y neoprotestantes que —a nuestro juicio— se infiltraron desde el Vaticano II y se consolidaron después mediante reformas y novedades.

Esas reformas han provocado males gravísimos: debilitamiento del sacerdocio, desfiguración del culto, eclipse del Santo Sacrificio de la Misa, confusión en los sacramentos; además, el derrumbe de la vida religiosa, la crisis de seminarios y la ruina de la catequesis.

Todo ello viene impregnado de principios procedentes del liberalismo y del protestantismo, condenados repetidamente a lo largo de los siglos por el Magisterio de la Iglesia.

Ninguna autoridad humana —ni siquiera la más alta— nos hará abandonar, recortar o relativizar la Fe Católica, tan claramente confesada durante diecinueve siglos por la Iglesia. Recordamos la advertencia del Apóstol:

“Mas si aun nosotros —o un ángel del cielo— os anunciara un evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema”

(Gálatas 1, 8)

Sobre la situación presente en Roma

Afirmamos, con gravedad, que la situación actual en Roma está marcada por herejías y blasfemias que hoy se repiten desde lo alto.

La Sede de Pedro está ocupada, pero el ocupante visible —en cuanto enseña, impulsa o tolera ciertos errores— predica la herejía y favorece una deriva que hiere la fe recibida.

No nos corresponde adorar cargos ni callar ante el error: discernimos la contradicción entre palabras y hechos, tanto en quien gobierna como en los dicasterios, sínodos y estructuras que difunden ambigüedades sobre la fe.

Denunciamos también la normalización de la idolatría y de prácticas que ponen al mismo nivel la verdad revelada y las religiones falsas: oraciones y gestos con herejes, apóstatas e incrédulos, como si el verdadero Dios pudiera ser honrado con el mismo culto que se ofrece al error. Eso no es caridad: es confusión. Y la confusión, cuando se institucionaliza, se convierte en veneno para las almas.

Por eso, nos negamos a seguir esa Roma contaminada. Sostenemos que la estructura oficial, tal como hoy actúa y enseña en no pocos puntos, se comporta como una nueva iglesia, distinta de la Iglesia Católica de siempre.

A esa “novedad” no le debemos obediencia. Haremos oídos sordos a sus innovaciones y a sus doctrinas recientes cuando contradicen la Tradición.

Decimos además —sin retórica vacía— que Roma, al convertirse en foco de confusión doctrinal y de inversión de lo sagrado, se está transformando en la sede del Anticristo.

Y mantenemos este principio: la verdadera fe no habita en la herejía, ni puede pactar con ella como si fuese una opción legítima.

Liturgia, fe y reforma

Es imposible alterar profundamente la lex orandi sin alterar la lex credendi. Al Novus Ordo Missae nacido del tiempo conciliar y de sus reformas le corresponden de hecho un nuevo catecismo, un nuevo modelo de sacerdocio, nuevos seminarios y una espiritualidad de tono pentecostal-carismático; todo ello, en conjunto, opuesto a la ortodoxia y a la enseñanza perenne.

Esta reforma, nacida del liberalismo y del modernismo, está contaminada en su raíz: deriva de la herejía y empuja hacia la herejía, aunque no cada uno de sus actos sea formalmente herético. Por eso, para un católico consciente y fiel, resulta imposible abrazarla o someterse a ella en modo alguno.

La actitud verdaderamente fiel a la Iglesia y a la doctrina católica, si se tiene en cuenta la salvación de las almas, es el rechazo categórico de esa reforma y de esa “nueva iglesia”.

Nuestra perseverancia y nuestra obra

Sin espíritu de rebeldía, sin amargura ni resentimiento, continuamos la formación de fieles católicos, guiados por el Magisterio eterno. Creemos que no existe mayor servicio a la Santa Iglesia Católica que permanecer en la Tradición Apostólica, la misma que siempre mantuvo a la Iglesia libre de falsedades.

Nos aferramos a lo que la Iglesia creyó y practicó en fe y moral; a la liturgia, al catecismo, a la formación sacerdotal y religiosa aprobada; a la institución visible de la Iglesia tal como fue transmitida por la Iglesia de todos los tiempos; y a los libros y enseñanzas anteriores a la influencia modernista del Vaticano II.

Perseveraremos así hasta que la luz verdadera de la Tradición disipe la oscuridad que hoy pretende cubrir la Roma eterna, hasta que Dios obre el cambio que ponga fin a esta noche oscura para Su Iglesia.

Situación canónica y sucesión apostólica

En este tiempo no contamos con jurisdicción ordinaria, sino con jurisdicción suministrada (Ecclesia supplet), y no estamos bajo la “iglesia oficial” modernista. Estamos incardinados en la Iglesia Católica Apostólica Nacional de España, que no está en comunión con Roma.

Reconocemos que no vivimos un estado normal, sino una condición canónicamente irregular. ¿Cómo someternos, en plena crisis, a una estructura que exhibe decadencia teológica, declaraciones contradictorias y ambigüedades sobre la fe?

A ello se suma el escándalo de abusos clericales encubiertos durante años, con escasa transparencia y sin signos claros de enmienda.

Tampoco es secreto que muchos modernistas en la jerarquía nos tratan sin caridad: se advierte a los laicos que no asistan a nuestras misas, como si fuéramos un peligro, precisamente porque mantenemos la religión de siempre.

Nuestros obispos han recibido la sucesión apostólica a través del obispo católico Monseñor Carlos Duarte Costa. Han sido consagrados usando el Rito Tridentino, usando el Pontifical Romano de Clemente VIII y el Misal de S. Pío V. Los sacerdotes, diáconos, y subdiáconos también han sido ordenados usando el Ritual anterior al Concilio Vaticano II.

Esta sucesión ha sido considerada válida, aunque calificada de “ilícita” por Roma . En consecuencia, nuestras ordenaciones y sacramentos se consideran válidos, aunque disputados en su licitud por algunos, de igual modo que sucede con los sacramentos del Novus Ordo por otros. Seguimos esperando que un auténtico Papa católico pueda poner remedio a esta situación transitoria algún día.

No sedevacantismo, pero si separación del error

Tampoco seguimos el sedevacantismo. Creemos que la Sede de Pedro está ocupada; pero sostenemos que la Roma actual está ocupada desde hace muchos años por papas que predican herejías. 

La Iglesia Católica siempre enseñó que un hereje se coloca de forma inmediata fuera de la misma, deja de ser católico, así que las conclusiones son obvias.

Rezamos por la vuelta de Papas católicos a nuestra Iglesia ya que Pedro es la piedra sobre la que se sostiene desde que así lo estableció nuestro Señor Jesucristo.

Como católicos tradicionales, no podemos ni debemos alinearnos con la herejía. Por eso nos mantenemos al margen del error, como se sostuvo en tiempos de prueba.

Y aquí nos sostiene la voz de san Atanasio, en una época en la que los fieles eran expulsados de sus iglesias. Su consuelo resume nuestra postura con una sentencia luminosa:

«Illi enim loca, vos vero habetis apostolicam fidem.»
(Ellos tienen los lugares; vosotros tenéis la fe apostólica).

Llamamiento final

No nos aliamos con la herejía, ni con el falso ecumenismo, ni con el falso diálogo interreligioso con los incrédulos.

Con la gracia de Dios y la ayuda de la Santísima Virgen María —en la advocación de Nuestra Señora del Pilar— y bajo el patrocinio de san Atanasio, permanecemos fieles a la verdadera Iglesia Católica Romana y a los verdaderos sucesores de Pedro, en cuanto éstos custodian la Tradición y no la traicionan.

Hasta entonces, esperamos el día de la verdadera unidad de la Iglesia y pedimos ser "fideles dispensatores mysteriorum Domini Nostri Jesu Christi in Spiritu Sancto".  Amén.

San Atanasio

Nuestra Señora del Pilar